 | | » Opinión | | | Rafael Torres: 'La liturgia de la dignidad'
Que la liturgia parlamentaria contribuye a otorgar la dignidad debida al sistema democrático se comprobó ayer en el Congreso, cuando la sola presencia física de los emisarios del Parlament de Catalunya, portadores del proyecto de la reforma del Estatut elaborado en él para su discusión en las Cortes Generales, templó y saneó extraordinariamente el clima político del momento, desquiciado artificialmente por una insidiosa campaña de intoxicación de ribetes más callejeros y tabernarios que políticos.
A la serenidad, la pulcritud y el respeto a la Cámara de los tres representantes catalanes que intervinieron en la sesión de la mañana, respondió el hemiciclo con la misma educada y cortés actitud, incluido el sector que ocupan los escaños del Partido Popular, que hizo gala de la misma compostura. A la tarde se espesaría la atmósfera, se estropearía algo la admirable arquitectura parlamentaria del "yo hablo y tú me escuchas para que cuando tú hables te escuche yo", pero quedó la hermosa lección que por la mañana el Parlamento de España se dio a sí mismo, demostrándose digno de representar a un pueblo que sólo acepta el diálogo razonado como único medio legítimo para dirimir los asuntos que le conciernen.
Cataluña pide, con la reforma del Estatut, lo que cree que merece, que necesita y que es justo, y ello siempre dentro de la gran nación española y con el empeño, acreditado tantas veces, de seguir contribuyendo a construirla. Las prudentes, constructivas, sinceras y esmeradas razones de Artur Mas, Manuela de Madre y Josep Lluis Carod Rovira no merecen sino réplicas de ese mismo tenor, particularmente por parte de la formación política que se ha venido oponiendo abruptamente, y en solitario, a reconocer como lícitas y dignas de ser consideradas las demandas históricas de los catalanes, demandas que se concentran básicamente en el reconocimiento de su especifidad, de su singularidad, de su identidad en suma.
No olvidaré nunca lo sucedido en el Congreso en la mañana de ayer, cuando la política española, España, recobró la dignidad que la mentira, el sectarismo y el pensamiento único creían haberle arrebatado.
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