Ni incertidumbre, ni caos, ni parálisis: los franceses han dicho ‘no’ al Tratado europeo porque desean un texto más social y menos liberal, más democrático y menos belicista. Las urnas han golpeado a nuestros gobernantes, a los electos y a los de Bruselas, con la realidad: Europa no necesita consagrar en una Constitución el deleznable modelo económico de Reino Unido, sino más bien todo lo contrario. Y si los Blair y los Howard deciden quedarse al margen, que se queden.
La izquierda francesa –fundamentalmente la socialdemócrata, pero también la comunista- ha recordado a Chirac, y por extensión a todos los presidentes europeos, que el desmantelamiento del Estado del Bienestar no va a ser tarea tan sencilla como se pensaba. Los esfuerzos liberalizadores de los burócratas de Bruselas, empezando por Barroso y acabando por Almunia, serán imposibles sin convencer antes a los trabajadores de que la cesión de sus derechos es paso previo e imprescindible para la mejora de su situación laboral. Y eso, salvo en España, será difícil de lograr.
Que nadie se equivoque: no han sido los extremistas, los radicales, los euroescépticos, los comunistas ortodoxos ni los ultraderechistas los que han rechazado el Tratado constitucional; han sido, simplemente, los opositores a la demolición del Estado del Bienestar. Los mismos que se opondrán, si pueden, a la directiva Bolkestein.