A los pocos días de que Miguel Sebastián se ufanara de haber contribuido con su asesoramiento a que este gobierno fuera “el menos intervencionista de las últimas décadas”, el Instituto Nacional de Estadística (INE) publicaba los resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida de la Población para el año 2005.
En ella se recoge una serie de datos que no está de más examinar para, seguidamente, valorar en su justa medida la afirmación de Sebastián y sus consecuencias.
Así, según el INE, en 2005 el 19,8% de la población se encontraba por debajo del umbral de pobreza relativa, es decir, uno de cada cinco residentes en nuestro país era pobre.
Hay personas que cuando hacen declaraciones públicas se encuentran tan satisfechas de sí mismas que ni siquiera piensan realmente lo que están diciendo ni sus consecuencias. Digan lo que digan les parece que sus afirmaciones van a pasar a los anales de la historia y, por ello, las llenan de palabras altisonantes y comparaciones superlativas tratando de envolverlas en una capa de solemnidad que contribuya a hacerlas imperecederas.
En algunos casos, así suele ocurrir. Sus palabras pasan a la historia, aunque suele ser a la del disparate y allí quedan inmortalizadas.
Que el gobierno español se encuentra desbordado por la situación del mercado inmobiliario es una afirmación casi de perogrullo.
Si ayer recogía la invocación a la esperanza que realizaba la ministra de Vivienda como su principal propuesta política para contener el precio de la vivienda en 2007, hoy no puedo dejar de remitirme al más que desafortunado sarcasmo con el que el ministro de Economía y Hacienda, Pedro Solbes, se refería a los efectos que pudieran tener sobre las familias con hipoteca la subida de los tipos de interés.
En palabras de Solbes, “el umbral del dolor [de las familias] puede ser muy alto” y compara seguidamente la situación actual con la que existía cuando él y las personas de su edad presentes en la sala compraron sus “primeras” viviendas a unos tipos de interés del 16% y “aquí estamos”, concluía.
La ministra de Vivienda, María Antonia Trujillo, se despachaba este pasado día 12 con unas declaraciones muy expresivas de su incompetencia para gestionar un problema que le viene grande y de la que ya ha dado muestras más que probadas a pesar de ser, precisamente, el único problema del que tiene que ocuparse y de que para ese fin dispone de todo un ministerio creado a tal efecto.
Un problema que además, y según la última encuesta del CIS, los españoles consideran que, personalmente, es el que en mayor medida afecta a sus vidas.
La economía ha visto como se ha ido reforzando el carácter lúgubre que le atribuía Carlyle allá por 1849.
Este carácter sombrío deriva fundamentalmente de que la mayor parte de la población es incapaz de entender cómo afecta a su bienestar el conjunto de noticias que pueblan las secciones económicas de los grandes medios de comunicación de masas.
Esta tendencia a propagar la ignorancia en lo relacionado con las grandes cuestiones económicas no es inocente y se sustenta sobre el servicio que, tanto medios de comunicación como economistas convencionales, prestan a los intereses de los grupos de poder que gobiernan este planeta.